Como quien padece hambre me lancé a la posibilidad de retomar mis estudios. No hacía ni un mes que me habían liberado cuando me presenté a los exámenes de selectividad. Una vez aprobados, me matriculé en la facultad de Historia de la Universidad de Moscú para continuar el trabajo científico al que se quería dedicar Borís. […]
Me apliqué en los estudios con ímpetu, literalmente como un hambriento que se lanza sobre un pedazo de pan. La vida me ha permitido probar el hambre fisiológica y el hambre intelectual y, de verdad, no sé cuál es peor.
En uno de los campos, en los que a los reclusos nos permitían tomar prestados varios libros cada diez días, me aprendí cuentos, artículos y ensayos enteros de memoria. Luego, durante años, me alimenté de ellos.
Vestidas para un baile en la nieve
MONIKA ZGUSTOVA
miércoles, 20 de mayo de 2020
"Hay que bregar"
En la correspondencia de León Tolstói leí hace muchos años algunas frases que me causaron una enorme impresión. En una carta a Alexandra Tolstaia, leemos: “Me muero de risa cuando recuerdo que pensaba –y tú resulta que lo sigues pensando aún hoy- que uno puede hacerse un pequeño mundo dichoso y honrado en el que con tranquilidad, sin errores, sin arrepentimiento, se vive despacito haciendo sin prisa y a conciencia sólo lo que es bueno. ¡Es ridículo! No se puede, abuelita. Lo mismo que no se puede estar sano sin movimiento, sin gimnasia. Para vivir honestamente, hay que bregar, perder el camino, luchar, equivocarse, empezar, abandonar, de nuevo empezar y de nuevo abandonar, y luchar y perder eternamente. Y la tranquilidad es una bajeza del espíritu”.
En la belleza ajena. ADAM ZAGAJEWSKY
miércoles, 13 de mayo de 2020
"Irradiaba belleza"
Testimonio de Susanna Pechuro en
Vestidas para un baile en la nieve
MONIKA ZGUSTOVA
Lina (así se llamaba la señora, que era española) meneó pensativamente la cabeza. Luego supe que era la mujer de Serguéi Prokófiev. Pero nunca alardeó de ello, si bien se sentía orgullosa de su marido. […]
Lina se me ha quedado grabada en la memoria –exclama Susanna ante un recuerdo grato-: una mujer fuerte, tenaz y desdichada. Cuando la conocí, trabajaba pelando patatas heladas. Se pasó cuatro años así: se levantaba a las seis de la mañana para coger un cuchillo desafilado (en la cocina no había otros) y hasta la noche pelaba una enorme montaña de patatas duras, medio congeladas y, de hecho, imposibles de pelar, patatas que representaban la base de la alimentación de todo el campo de mujeres y del vecino campo de hombres.
Aparte de que las mujeres educadas y cultas vivían más que las otras chicas, Lina era un personaje. Emanaba de ella una vida interior rica, irradiaba belleza, energía y vitalidad mental, aun cuando en el campo de trabajo solía estar triste y, como la mayoría de las mujeres, sufría depresión. Vivía como en una pesadilla, como si no pudiera creer lo que le había pasado.
Pero lograba percibir belleza a su alrededor, algo que la mayoría de la gente era incapaz de hacer; durante los seis meses de invierno, cuando más allá del círculo polar no sale el sol, veíamos cómo de pronto Lina se detenía y contemplaba el cielo: si este estaba despejado, la aurora boreal se revolcaba perezosa en él cual animal salvaje y les restaba brillo a las estrellas. Cuando se acercaba la primavera y un par de horas al día nos alumbraba un cielo rojo oscuro, Lina se embebía de él como el sediento en el desierto al que le dieran de beber. En otoño, iba al bosque a tirar la basura sin hartarse jamás de contemplar los pequeños y amarillentos alerces, los únicos árboles que allí crecían. […] En verano recogía flores silvestres del bosque al que iba a tirar la basura del campo sin fijarse en las moscas y en los enormes mosquitos que nos picaban. Después la repartía entre las demás: compartió siempre todo cuanto tenía. Cuando recibía un paquete de sus hijos (nos estaba permitido una vez al año), repartía a partes iguales entre sus amigas lo que quedaba después de que los vigilantes lo saquearan.
Vestidas para un baile en la nieve. MONIKA ZGUSTOVA
miércoles, 6 de mayo de 2020
La bendita rutina del barco
(fragmento)
Foto: Daniel López García
Nadie en mi país me ha preguntado por los libros que recomendaría ahora, pero sí en Francia y en Grecia […].
Me he inclinado por dos obras que traduje hace largo tiempo y que me “confinaron” del modo descrito. Una es una de las mejores de Joseph Conrad —lo cual es como decir de la historia de la literatura— y no es una novela, sino sus recuerdos y reflexiones sobre la vida marinera que llevó antes de atreverse a empuñar la pluma. El espejo del mar, de 1906, lo paladean enormemente los aficionados a navegar, pero creo que también cualquiera que jamás haya zarpado en una embarcación. Y encierra enseñanzas sobre cómo sobrellevar los prolongados encierros en los veleros decimonónicos: los marinos sí que son gente acostumbrada a no moverse de un único espacio al que acechan peligros y adversidades.
El confinamiento me pilló lejos de mi biblioteca y de ese volumen, así que a franceses y griegos fui incapaz de brindarles una cita literal. Recurrí a la memoria y les ofrecí una reelaboración: “Lo que salva al marino cuando se embarca”, parafraseé, “y sabe que no retornará al puerto de partida durante un año o dos, es la rutina, la bendita rutina. Al cabo de unos días de desconcierto y oscuridad del ánimo, el marino sabe lo que le toca hacer cada jornada, aunque sea siempre igual, y lo hace como si eso fuera lo más importante del mundo o lo único, y tener esa tarea por delante lo salva de la soledad, el encierro, los pensamientos sombríos y la desesperación que intermitentemente lo volverá a asaltar”.
Más tarde he buscado en internet, y he dado con unos párrafos de mi traducción que no sé si son otros que el que yo reelaboré. Dice Conrad en ese texto: “Algunos capitanes de barco marcan su partida de la costa nativa contristados, con un espíritu de pesar y descontento. Tienen mujer, tal vez hijos, alguna querencia en todo caso, o quizá solamente algún vicio predilecto que debe dejarse atrás durante un año o más … La rutina del barco es una medicina excelente para los corazones dolidos y también para las cabezas doloridas; yo la he visto calmar a los espíritus más turbulentos. Hay salud en ella, y paz, y satisfacción por la ronda cumplida, porque cada día de la vida del barco parece cerrar un círculo dentro de la inmensa esfera del horizonte marino. La majestuosa monotonía del mar le presta su similitud y con ella una cierta dignidad … En ningún sitio se sumergen en el pasado los días, las semanas y los meses más rápidamente que en el mar. Parecen quedar atrás con tanta facilidad como las ligeras burbujas de aire en los remolinos de la estela del barco, y desaparecer en un gran silencio por el que el navío avanza con una especie de efecto mágico”.
Muchos no tienen hoy tareas con las que engañar al tiempo, pero siempre se pueden inventar, las que sean, y aplicarse a ellas como si fueran lo más importante del mundo, o lo único que cabe en él, confiando en que la mayoría volveremos al puerto de partida, alguna vez.
JAVIER MARÍAS, 26 de abril de 2020.
miércoles, 29 de abril de 2020
El humor en el campo
El descubrimiento de algo parecido al arte en un campo de concentración sin duda sorprenderá, pero aún más sorprendente es que allí también hubiera sentido del humor; claro que un humor apagado y de escasa duración. El humor es otra de las armas del alma en su lucha por la supervivencia. Es sabido que el humor, más que cualquier otra cosa en la existencia humana, proporciona el distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier situación, aunque sea un instante. [...]
Los intentos para desarrollar el sentido del humor y ver la realidad bajo una luz humorística constituyen una especie de truco que aprendemos en el arte de vivir. Incluso es posible practicarlo en un campo de concentración, aunque el sufrimiento sea omnipresente.
VIKTOR FRANKL. El hombre en busca de sentido
jueves, 23 de abril de 2020
📖DÍA DEL LIBRO 2020📖
Un libro: ¡era la salvación! ¡La belleza, la libertad y la civilización en medio de la barbarie!
Este es un fragmento del testimonio de Elena Korybut-Daszkiewcz, superviviente de la brutal represión del régimen estalinista en los gulags, recogido por Monika Zgustova en su libro Vestidas para un baile en la nieve.
- Lo que me salvó fue, en gran parte, la belleza –afirma Elena-. Cuando podía escribía una especie de diario, aunque escribir cualquier cosa estaba estrictamente prohibido. La tundra, el hábitat en que nos encontrábamos, era un paisaje que llegué a amar y odiar a la vez. […]
(Fragmento de su diario)
“Durante la noche polar, una densa oscuridad se posa sobre la TUNDRA. Entonces, parece tan sencillo traspasar, al abrigo de la noche, la frontera de lo prohibido…Sobre los barracones y las torres de la vigilancia, gorros velludos de nieve. El trazado odioso del gulag no carece de sofisticación, y, por encima de él, se abren de par en par los cielos y ejecuta su danza la aurora boreal. El cielo vive, el cielo respira, el cielo se esfuerza por huir hacia lo desconocido. Pero sin poder hallar el camino, se agita, oprimido por la argolla del horizonte” […]
-Todo lo que luego logré en la vida se lo debo a los escasos libros que pude leer en el gulag –concluye, y exclama-: Nadie es capaz de imaginar lo que para los presos significaba un libro: ¡era la salvación! ¡La belleza, la libertad y la civilización en medio de la barbarie!
Vestidas para un baile en la nieve. MONIKA ZGUSTOVA
miércoles, 22 de abril de 2020
📖DÍA DEL LIBRO 2020📖
Siri Hustvedt
Premio Princesa de Asturias
de las Letras 2019
(Fragmento de su discurso en dicha entrega de premios)
En mi pequeña ciudad había bibliotecas llenas de libros, y en esos libros había historias sobre personas a las que nunca había conocido que vivían en países en los que nunca había estado. Tenían aventuras y eran víctimas de injusticias. Yo leía sobre reyes, reinas y magia, pero también sobre cautiverio, racismo, miedo a los desconocidos y niñas a las que se les castigaba por no querer ser modosas y estar calladas. Y pensaba: «¿Por qué es así? ¿Por qué no podría ser diferente?». Los libros se encarnan. Las palabras se entretejen con nuestro cerebro y nuestras vísceras, nuestros gestos y nuestros sentimientos. Nos cambian. Los libros y las ideas pueden ser peligrosos, pueden enfermarnos o enloquecernos, y pueden proporcionar formas de salvación, una vía de escape del dolor. Pero debemos recelar de las emociones ramplonas, las respuestas fáciles y las fórmulas hechas que vienen en paquetes brillantes con la etiqueta de «verdad».
Aún no soy tan mayor como las señoras de pelo azul, pero me voy acercando, y llevo medio siglo leyendo a buen ritmo. Estoy llena de voces, y éstas no se ponen de acuerdo entre sí. He leído literatura, filosofía, historia y mucha ciencia —neurología, psiquiatría, neurociencia, genética, embriología—, pero también antropología y sociología, y cuanto más sé, más me pregunto: ¿por qué? ¿Cómo sabemos lo que sabemos? Piénsenlo de nuevo: ¿y si fuera diferente?
Vivimos en un mundo en el que cada vez la gente sabe más sobre menos cosas. Esto tiene sus ventajas. El conocimiento especializado ha dado lugar a grandes avances técnicos, medicamentos potentes, teorías complejas sobre el lenguaje y la cultura, y obras de arte impresionantes. También ha llevado a callejones sin salida en varias disciplinas y a fantasías de que una idea es novedosa cuando no lo es. Tras dar una charla ante neurólogos en un hospital de Boston, un científico me preguntó por qué alguien como él, que se había pasado la vida estudiando escáneres cerebrales de pacientes con Alzheimer, debería leer literatura, filosofía e historia. Le respondí que le ayudaría en su trabajo. Vería lo que ahora no veía e identificaría en sus modelos puntos débiles que nunca se le habían ocurrido.
Lo sé porque he sido testigo una y otra vez de los problemas que suscita un enfoque demasiado restringido. Y esto es válido tanto para el estudioso de humanidades que nunca se ha molestado en pensar en músculos, huesos, tejidos y células como para el científico que sólo piensa en neuronas. Ninguno de los dos se pregunta cómo sabe lo que cree saber. Las preguntas que deberían hacerse no se hacen porque quedan fuera del marco de referencia.
Cuando escribo intento formular la siguiente mejor pregunta, basada en muchas disciplinas y no en una sola. Y me hago esas preguntas en las novelas, los ensayos y los trabajos académicos, porque todos son vías para aumentar el conocimiento humano. He aprendido que un género o disciplina no es superior a otro. Debemos recelar de nuestros prejuicios. Ni la ciencia es elevada, intelectual y masculina, ni las artes y las humanidades son inferiores, emocionales y femeninas. Debemos aprender que la autoridad y la sabiduría vienen en muchos formatos, sexos, colores, formas y tamaños. Debemos aprender unos de otros y recapacitar.
¿Es la misma persona la niña que se quedaba mirando un tenedor y la mujer que daba la charla? El tiempo es inefable, pero las ideas y las reglas que las acompañan pueden perdurar, a menudo cientos de años. A mi yo adulto no le cuesta imaginar un mundo en el que las ideas circulan libremente entre disciplinas sin una jerarquía discriminatoria, un mundo donde las niñas pueden alardear tanto como los niños y éstos no les tienen miedo, un mundo en el que se han disuelto las viejas fronteras. Este premio llega de la mano de una niña, una princesa. Me gustaría que fuera para todas las niñas que leen muchos libros sobre un sinfín de temas, que piensan, preguntan, dudan, imaginan y se niegan a estar calladas.
Sí, ¿qué pasó en mi pequeño dormitorio ayer por la noche? Me había ido temprano a la cama y miré por la gran ventana abierta. Y fue como si la vida, con todos sus secretos, estuviera otra vez cerca de mí, como si la pudiera tocar. Tuve la sensación de estar descansando sobre el pecho desnudo de la vida, oyendo los suaves y regulares latidos de su corazón. Estaba en los brazos desnudos de la vida y me sentí segura y protegida. Y pensé: qué extraño es esto. Hay guerra. Hay campos de concentración. Las pequeñas crueldades se amontonan cada vez más. [...]
Conozco los sentimientos angustiados de la gente, conozco la gran cantidad de sufrimiento humano, que va en aumento. Conozco la persecución y la represión, la indiferencia, el odio y el enorme sadismo. Lo sé todo y voy acumulando cada trocito de realidad que me llega. Y aún así, en un momento de descuido y abandono, me encuentro de repente en el pecho desnudo de la vida. Sus brazos me rodean muy suavemente, me protegen y soy totalmente incapaz de describir sus latidos del corazón: son tan lentos y regulares y suaves, casi apagados, pero constantes, como si no quisieran parar jamás. Son también muy buenos y piadosos.
Así es mi estado de ánimo, y no creo que la guerra o cualquier crueldad humana sin sentido pueda cambiarlo.
Etty Hillesum, sábado por la mañana, 7.30h,
30 de mayo de 1942
*Etty Hillesum fue una judía holandesa nacida en 1914. Hasta 1981 no salió a la luz su diario íntimo, escrito durante los años previos a su desaparición definitiva en 1943 en el tristemente célebre campo de exterminio de Auschwitz. Antes eligió voluntariamente ayudar a sus congéneres judíos en el campo de Westbork. La singularidad de su testimonio radica en su valor humano, ético y trascendental. Desde el convoy de la muerte y el exterminio que la lleva a Auschwitz con toda su familia y 938 personas más, arroja una tarjeta-postal con estas palabras: "Vosotros me esperaréis, ¿verdad?". Esta es pues la labor de los lectores de sus escritos; estos nos abren constantemente una esperanza en las cegueras de la historia.
Este texto ha sido compartido en la Red de Bibliotecas de Granada por Paqui García Garrido. ¡Gracias!
El Libro rojo
Carl Gustav Jung
- Capitán, el chico está preocupado y muy agitado debido a la cuarentena que nos han impuesto en el puerto.
- ¿Que te inquieta chico? ¿No tienes bastante comida? ¿No duermes bastante?
- No es eso, capitán, no soporto no poder bajar a tierra y no poder abrazar mi familia.
- ¿Y si te dejaran bajar y estuvieras contagioso, soportarías la culpa de infectar a alguien que no puede aguantar la enfermedad?
- No me lo perdonaría nunca, aun si para mí han inventado esta peste.
- Puede ser. ¿Pero si no fuese así?
- Entiendo lo que queréis decir, pero me siento privado de la libertad capitán, me han privado de algo.
- Y tú prívate aún más de algo
- ¿Me estáis tomando el pelo?
- En absoluto. Si te privas de algo sin responder de manera adecuada, has perdido.
- Entonces, según usted, si me quitan algo, ¿para vencer debo quitarme alguna cosa más por mí mismo?
- Así es. Lo hice en la cuarentena hace 7 años.
- ¿Y que es lo que os quitaste?
- Tenía que esperar más de 20 días sobre el barco. Eran meses que esperaba llegar al puerto y gozar de la primavera a tierra. Hubo una epidemia. En Port April nos vetaron de bajar. Los primeros días fueron duros. Me sentía como vosotros. Luego empecé a contestar a aquellas imposiciones no utilizando la lógica. Sabía que tras 21 días de este comportamiento se crea una costumbre, y en vez de lamentarme y crear costumbres desastrosas, empecé a portarme de manera diferente a todos los demás. Antes me puse a reflexionar sobre aquellos que tienen muchas privaciones cada día de su miserable vida y luego, por entrar en la óptica justa, decidí vencer. Empecé con el alimento. Me impuse comer la mitad de cuanto comía habitualmente, luego comencé a seleccionar los alimentos más digeribles, para que no se sobrecargase mi cuerpo. Pasé a nutrirme de alimentos que, por tradición, habían mantenido a los seres humanos en salud.
El paso siguiente fue unir a esto una depuración de pensamientos malsanos y tener cada vez más pensamientos elevados y nobles. Me impuse leer al menos una página cada día de un argumento que no conocía. Me impuse hacer ejercicios sobre el puente del barco. Un viejo hindú me había dicho años antes, que el cuerpo se potenciaba reteniendo el aliento. Me impuse hacer profundas respiraciones completas cada mañana. Creo que mis pulmones nunca habían llegado a tal capacidad y fuerza. La tarde era la hora de las oraciones, la hora de dar las gracias a una entidad cualquiera por no haberme dado, el destino, privaciones serias durante toda mi vida.
El hindú me había aconsejado también coger la costumbre de imaginar la luz entrar en mí y hacerme más fuerte. Podía funcionar también para la gente querida que estaba lejos y así esta práctica también la integré en mi rutina diaria sobre el barco.
En vez de pensar en todo lo que no podía hacer, pensaba en lo que habría hecho una vez bajado a tierra. Visualizaba las escenas cada día, las vivía intensamente y gozaba de la espera. Todo lo que podemos obtener en seguida, nunca es interesante. La espera sirve para sublimar el deseo y hacerlo más poderoso. Me había privado de alimentos suculentos, de botellas de ron, de imprecaciones y tacos. Me había privado de jugar a las cartas, de dormir mucho, de estar ocioso, de pensar solo en lo que me habían quitado.
- ¿Como acabó capitán?
- Adquirí todas aquellas costumbres nuevas. Me dejaron bajar después de mucho más tiempo del previsto.
- ¿Os privaron de la primavera entonces?
- Sí, aquel año me privaron de la primavera, y de muchas cosas más, pero yo había florecido igualmente, me había llevado la primavera dentro, y nadie nunca más habría podido quitármela.
Escrita el día 22 de diciembre de 1849 a su hermano Mijaíl desde su encierro en la Fortaleza de San Pedro.
"Hermano: nunca me sentí abatido ni desalentado. La vida es en todas partes es la vida, la vida está en nosotros mismos y no en el exterior. Cerca de mí habrá gente y ser un ser humano entre la gente y conseguir mantenerse siempre como tal, a pesar de las circunstancias difíciles que puedan presentarse, no desalentarse ni caer anímicamente, eso es la vida y ese es su objetivo...Cuando recuerdo el pasado y pienso en todo el tiempo perdido inúltimente, en todo ese tiempo perdido en equivocarse, en errores, en la incapacidad para vivir...La vida es un don, la vida es felicidad y cada minuto podría convertirse en un siglo de felicidad. Ahora, con este cambio de vida adquiero una nueva forma, Hermano, te juro que no voy a perder la esperanza y que conservaré mi espíritu y mi corazón en la pureza. Esa es toda mi esperanza, todo mi consuelo"
Fiódor Dostoievski
Texto compartido por Antonia Mercedes, responsable de la biblioteca Elena Martín Vivaldi del IES Cerro de los Infantes de Pinos Puente, en la Red de Bibliotecas- ¡Gracias!
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