sábado, 28 de mayo de 2022

 Taller de escritura 

A lo largo de varias sesiones en este mes de mayo, los alumnos de 3º ESO han participado en un taller de escritura en el que se han abordado de forma creativa la narración y la poesía. Sin duda, una experiencia que conviene continuar para que dé todo su fruto. 




viernes, 27 de mayo de 2022

 Fundación Fco. Ayala, "Recuerdos de Granada", 2022

BAJO EL ALMENDRO

Hamza Dinshah - 1ºBach-B

Lo recuerdo todo. Lo recuerdo todo como si fuera ayer, como si lo hubiera inventado, como si aún no hubiera acabado. Pero no, ahora solo era un recuerdo, fruto de mi memoria. Pero ni eso, ya que no era un simple recuerdo, sino una tinta sellada en mi corazón que permitió a mis ojos conocer el mundo, el mundo de verdad.

Han pasado ya cuatro años, y aún no se me olvida el sonido de las asas y las ruedas de las maletas. Todavía veo a mi padre, con los ojos hinchados de lágrimas, alejándose de mí, o yo de él, hasta desaparecer entre los hombres de negocios y azafatas. Ahora éramos tres: mi madre, mi hermana y yo, sin contar las siete maletas que nos seguían por detrás. 

Nos subimos al avión, los tres pegados a la ventana, viendo cómo la aglomerada ‘City of London’ cada vez parecía más chica, hasta que nos perdimos en las nubes, en dirección hacia el sol. Recuerdo que fue el peor viaje de mi vida, y eso que a mis dieciséis años he viajado bastante; es la ventaja de tener una ex-azafata como madre.

Llegamos a Málaga en un abrir y cerrar de ojos, y no miento cuando digo que me arrepentí de haberme puesto camiseta, jersey, sudadera y chaqueta. Al bajar del avión, llegó la ola de calor golpeándome en la cara y secando mis lágrimas. Considerando que septiembre en Londres no tenía nada que ver con eso, ¡era increíble! ¡Buah! ¡Qué cambiazo de paisaje! Al mirar por la ventana desde los intimidantes rascacielos y ver océanos verdes, pero no el verde de los campos británicos, sino el verde plateado de la preciosa hoja de olivo. El olivo, poseedor del oro de estas tierras. Mi madre siempre ha dicho que los campos de olivos de Andalucía le recuerdan mucho la cabeza de un niño senegalés.

Llegamos a Tocón, un pequeño pueblo en la provincia de Granada. Allí tuvimos que alojarnos en un piso simple, mientras se firmaban todos los papeles legales de la casa que habíamos comprado. Sólo teníamos una semana para prepararnos, antes de que comenzara el instituto. Fue una de las experiencias más duras de mi vida. Entre lo de vivir en un pueblo perdido del sur de España, donde no se entendía nada y tener que viajar media hora para ir al instituto cada día…parecíamos extraterrestres perdidos en el desierto…solos.

La verdad es que no me acuerdo mucho de mis primeros meses en el instituto, sólo que todos eran españoles blancos de clase media/baja, y que yo no entendía nada. ¿Por qué me sorprendía que fueran todos blancos? Pues porque venía de una ciudad con una gran diversidad e interculturalidad, donde la mitad de los alumnos de mi clase eran indios, y la otra mitad, africanos del este. 

También me acuerdo de algo bastante importante, que me dio mucho apoyo durante toda la horrible etapa de educación secundaria obligatoria en Moraleda de Zafayona (así se llama el pueblo donde estudié): tener buenos maestros. No buenos, ¡eran los mejores! Las ganas que tenían de enseñar, y la preocupación que tenían por sus alumnos, con lo malos que eran. Ojalá los alumnos pudiéramos acercarnos más a los profesores que admiramos.

No fue hasta el 1 de diciembre de 2017 cuando por fin nos mudamos al hermoso cortijo en medio del campo de Moraleda de Zafayona. Tampoco era el fin de nuestros problemas, sino sólo el comienzo, pero todo eso es otra historia.

Era mucho mejor que Tocón y, claro, muchísimo mejor que Londres. Sólo faltaba mi padre, todavía no habíamos perdido las esperanzas de que un día volviera con nosotros para siempre. Pero claro, tenía que cuidar de mi abuela; ‘las madres siempre son las más importantes’. Yo admiro muchísimo a mi madre, con lo duro que habrá sido para ella estar sola en un país extranjero, día tras día, sin ni siquiera sus hijos. Por eso, ella deseaba ante todo que llegaran las vacaciones.

Fue más o menos a partir de las vacaciones de Navidad del mismo año, cuando empezamos a sentirnos como en casa. Incluso tuvimos a nuestra primera mascota, una perra, Reina. Mi Reina. Tristemente, ahora es un simple recuerdo, igual que todo lo que estoy contando, pero bueno ahí llegaremos todos algún día. En ese momento, era mi única amiga. No corría, ni jugaba, pero se sentaba a tu lado y te hablaba nada más con la mirada. De hecho, ese fue el gran recuerdo de todo este viaje lleno de locuras y de lágrimas.

Fue bajo un almendro, en el cumple de mi hermana. Estaba tumbado en la hamaca, con Reina a mi lado. Y simplemente son sus ojos entintados, me abrió el corazón, y por fin, comprendí. Una mudanza es un gran cambio, pero no es ‘el’ cambio. El cambio de verdad ocurre dentro de nosotros mismos, en nuestra perspectiva de la vida.

Y entonces así, pude conocer al mundo…el mundo de verdad.




jueves, 26 de mayo de 2022

FUNDACIÓN Fco. AYALA, "Recuerdos de Granada", 2022

MI MADRINA

Miguel Fuentes Cruz - 1º Bach-A

Durante toda mi niñez y lo que llevo de adolescencia siempre he tenido una relación muy cercana con mi madrina, la hermana menor de mi madre. Una mujer simpática, amable y con una paciencia que aún no puedo entender.

Pasé mucho tiempo con ella cuando era niño, me gustaba mucho que jugara conmigo porque no me trataba de esa forma especial con la que se trata a los niños, poniendo un tono de voz ridículo y acercando mucho la cara al hablar, no, ella me trataba como a un niño más mayor y eso me hacía sentir importante.

Recuerdo con muchísimo cariño una caja de libros ilustrados que me leía cuando era pequeño, eran libros muy simples y cortos, uno con cada letra del abecedario y unas ilustraciones que me encantaban, ella los leía con una entonación y un ritmo que me relajaban mucho y mantenía mi atención.

Siempre he pensado que tiene un don para tratar con los niños, pues, aparte de sus tres hijos y sus sobrinos, también trabajó como maestra en una guardería y en la biblioteca del pueblo en el que vivo, esto último lo recuerdo más claramente, pues ya era yo más mayor. Recuerdo esas tardes frías y nubladas de invierno en las que mi hermano y yo nos llevábamos la merienda, que solía ser una bolsa de patatas, a la biblioteca y ayudábamos a mi tía con las estufas, las luces y las ventanas. Como el pueblo es pequeño no frecuentaba la biblioteca mucha gente, solo los niños que iban a hacer los trabajos que recibían por la mañana en el colegio.

Nosotros dos llegábamos siempre a la hora de apertura, por lo que el ambiente de la biblioteca era oscuro y frío, te entraba esa sensación de congelación en los dedos que impide el normal funcionamiento de los mismos, nos quedábamos los tres mirando algún libro de poemas absurdos y riéndonos hasta que llegaba algún niño. Mi tía organizó varias sesiones de manualidades con los más pequeños para entretenerlos y todos lo pasaban bien.

Cuando nació su tercer hijo yo ya tenía la suficiente edad y sabiduría como para encargarme de los cuidados de este por un rato sin dejar que le pasara nada malo, en muchas de las reuniones familiares mi tía delegaba en mí esa responsabilidad y yo con toda la ilusión y el cariño del mundo cumplía con mi misión de la mejor forma posible, en mis tareas como cuidador aprendí mucho y considero que maduré en la medida de lo posible.

A medida que fui creciendo se fue formando una relación de complicidad entre mi tía y yo, ella me enseñó muchas cosas y gracias a ella fui aumentando mi abanico de gustos, chistes y culturilla general. Con ella comparto mi fanatismo por películas como “Harry Potter” o “Pesadilla antes de navidad”, mi carácter más burlesco y muchas de las bromas que ella misma me enseñó.

Recuerdo esas tardes en pijama jugando a esos típicos videojuegos para cuatro personas, ese ambiente de risas e intentos de sabotaje para que otro perdiese en el juego y poder salir victorioso. Y recuerdo también la ilusión que sentía cada vez que ella usaba su maravilloso talento en la repostería para hacerme una tarta personalizada en mi cumpleaños.

Son innumerables todos los buenos momentos que he pasado con ella, todas las lágrimas que se me han escapado de la risa y todas las cosas que me ha enseñado.


Decidí escribir sobre mi tía porque me siento infinitamente agradecido por todo lo que ha hecho por mí, por el cariño que me ha dado todos estos años, por haber contado conmigo y por ser una persona tan tan maravillosa y llena de alegría, de vida y de ilusión.

No todo el mundo puede contar con familiares que le apoyen, pero, por suerte, yo sí y me siento muy afortunado por ello.

Espero que este breve fragmento de mis jóvenes y poco experimentadas memorias suponga el reconocimiento que merece.


miércoles, 25 de mayo de 2022

Fundación Fco. Ayala, "Recuerdos de Granada", 2022

UN TALENTO NACIDO DE LA SOLEDAD

Irene Santiago Cortés - 1º Bach - C

Digamos que mi infancia no fue fácil, crecí en un ambiente bastante deprimente que más adelante me dejaría varios traumas que a día de hoy me siguen doliendo. Sufrí bastante bullying por parte de mis compañeros de clase durante toda mi estancia en infantil, primaria y la ESO. Su acoso consistía en llamarme gorda, fea, bola de grasa, vaca, foca y muchísimos más nombres e insultos que terminaron por hundirme la autoestima y la confianza en mí misma, parecía que cada día buscaban un nuevo insulto con el que referirse a mí. Este problema a ojos de mis profesores y mis padres nunca fue algo grave ni algo que debiera tratarse como tema serio, siempre ponían como excusa la típica frase de "son cosas de niños"... Cada vez que escuchaba aquello me quedaba pensando en por qué acosar a alguien era considerado algo normal entre los niños. 

Sentí que mi vida iba cada vez a peor y que no tenía escapatoria del agujero tan profundo al que me habían tirado... Hasta que descubrí el dibujo, una forma bastante relajante para distraerme de aquellos problemas. Empecé dibujando paisajes como playas o bosques, sitios que me transmitían paz y conseguían calmarme con tan solo mirarlos. Luego me atreví a dibujar personas, para algunos puede parecer algo difícil, pero para mí era bastante simple captar todos los detalles y plasmarlos en el papel. Seguí dibujando durante años, hasta me llegué a plantear crear mi propio cómic o manga; el poder enseñar a todo el mundo mi arte y ver su satisfacción en sus rostros me impulsaba aún más a dibujar y a mejorar con ello.

Para mí el dibujo fue una especie de terapia, una ayuda con todo lo que me rodeaba, no significa que borrara por completo mis problemas pero al menos me ayudó a llevarlos mejor. Se puede decir que fue un talento creado por la tristeza y soledad, pero que me ayudó a combatirlas.



martes, 24 de mayo de 2022

Fundación Fco. Ayala, "Recuerdos de Granada", 2022 

Los abuelos son lo mejor del mundo

María Caballero Quesada

Cuántas veces habremos escuchado a lo largo de nuestras vidas la famosa frase. En aquel momento yo pensaba que no me identificaba con esa afirmación porque no estaba muy apegada a ellos. 

Mis abuelos maternos siempre fueron distantes ya que vivían lejos de nosotros, en cambio, los paternos los sentía más cercanos porque vivían enfrente de nuestra casa; aunque, tenían especial aprecio por mi prima. 

El primero en fallecer fue mi abuelo paterno con el cuál apenas tenía relación. Aquel verano lo recuerdo como uno de los peores vividos debido al ambiente y por el hecho de no haber podido irnos de vacaciones. Nadie tenía ganas. Mi abuela fue quien peor lo pasó, ya que la pobre pasó de vivir con su marido a pasar la noche y el día sola. Aparte del fallecimiento de su marido, fue una época dura porque se encontraba enferma. A sabiendas de aquella falta de cariño, mi papá y sus dos hermanos empezaron a turnarse para acompañarla, ir controlándola y que no pasara las noches sola. 

Entonces fue ahí cuando me di cuenta. Un día de sol, a finales de agosto, mi mamá me pidió que fuera a llevarle una bolsa con gran variedad de frutas a mi abuela. Como era de esperar, yo con 10 años me quejé porque prefería quedarme en mi casa en vez de ir. Ella, ya enfadada me regañó añadiendo que no había hecho nada en ese día. Yo cansada de que me regañase, bufé e indignada cogí la bolsa. Bajé las escaleras, crucé el portón y llegué. Cuando entré, oí a mi tito quejándose de que él ya no se podía quedar a dormir más tiempo porque vivía en Granada capital y no podía ir y venir cada dos días debido a su trabajo, alegando que ellos podrían hacerlo solos. Eso me dio que pensar, aunque a falta de conocimiento me callé, solté la bolsa y me fui a mi casa.

Mientras subía las escaleras, se me ocurrió la idea de preguntarle a mi mamá si esa noche me podía quedar yo a dormir con mi abuela; esta se sorprendió, ya que de pequeña, cuando me quedaba allí acababa llorando. Mi mamá, tras salir de su “trance”, me explicó que ella no podía tomar tal decisión, que le preguntara a mi papá (cosa que hice). Él acabó hablando con sus hermanos y estos cedieron. 

Recuerdo la expresión de mi abuela cuando se enteró, así como su forma de sonreírme dulcemente y decirme que le hacía mucha ilusión… Yo levemente sonrojada correspondí a su sonrisa. Ahí empezó todo.

Empecé a pasar los días en mi casa mientras aún el sol brillaba y por las noches me iba a su casa a dormir. Había días en los que no cenaba en mi casa porque la comida que había no me gustaba y sobre las nueve y media de la noche, cuando cruzaba la calle, ella me preguntaba si había cenado, y en el caso de que le dijera que no, ella me hacía la cena.

A lo largo de nuestra vida, nuestra memoria escoge los recuerdos  que consideramos más importantes, a día de hoy yo diría que este es uno de ellos. 

Por desgracia, varios de estos buenos recuerdos finalizaron tras su muerte.Si me preguntasen, afirmaría con seguridad que hasta ahora, su muerte fue el peor momento que he podido vivir. 

Pero aún así, sin estar ella presente, lo más raro pero bonito que ocurrió tras su fallecimiento fue el día que mi papá llegó con una foto en blanco y negro y, apurado, le preguntó a mi madre quién creía que era. Esta, atónita por el parecido que yo tenía con la muchacha de la foto respondió que no lo sabía. La respuesta de mi papá hacia ella fue obvia, aclarándole que se parecía mucho. Entonces se giró, me la enseñó y respondió mirándome con una sonrisa '' es tu abuela''. Asombrada por lo que acababa de escuchar, le arrebaté la foto y la vi detenidamente, parecía que era yo en la época de los 40.

A día de hoy puedo afirmar que aunque tu presencia en mi vida fue corta, eres y serás lo mejor que me ha pasado; que, aunque con miedo de llorar ante tu recuerdo, lo que me queda es una gran sonrisa. Así pues, puede que al fin y al cabo ese vacío que hubo ya no esté y puede que ahora la chica de la sonrisa contagiosa sea yo gracias a ti. 

Ahora querido lector déjame decir con vigor: 

"Los abuelos son lo mejor del mundo".




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