martes, 12 de mayo de 2020

El río baja sucio
DAVID TRUEBA
Dos amigos, un río contaminado y unas vacaciones que cambiarán sus vidas para siempre.«Seguro que eres de los que creen que saben cómo es un cadáver. Aunque jamás hayas visto la vida evaporarse de un cuerpo al morir. Seguro que eres de los que piensan que conocen la mirada de un asesino. Aunque jamás hayas cruzado tus ojos con los de uno. Seguro que eres de los convencidos de que distinguirían entre mil a aquel que un día le quitó la vida a otro. Yo también era como tú no hace demasiado tiempo, cinco, seis años atrás, cuando sucedió lo que te voy a contar. Ahora tengo diecinueve años y ya no soy del todo aquel niño de casi catorce».Las vacaciones de Semana Santa de Tom y Martín suelen ser bastante predecibles. En la sierra, con sus familias, los amigos, las bicis, el río, la naturaleza... Nada demasiado memorable salvo el reencuentro, que les permite disfrutar de la amistad que los une desde que eran pequeños. Sin embargo, ahora, con casi catorce años ;en lo que parece que van a ser sus últimas vacaciones juntos;, el destino les tiene reservado algo que cambiará para siempre su percepción del mundo. 

lunes, 11 de mayo de 2020

Versos sueltos
...Y a tu alcance

ROMANCE DEL PRISIONERO

Que por mayo era, por mayo, 
cuando hace la calor, 
cuando los trigos encañan 
y están los campos en flor, 
cuando canta la calandria 
y responde el ruiseñor, 
cuando los enamorados 
van a servir al amor; 
sino yo, triste, cuitado, 
que vivo en esta prisión; 
que ni sé cuándo es de día 
ni cuándo las noches son, 
sino por una avecilla 
que me cantaba el albor. 
Matómela un ballestero; 
déle Dios mal galardón. 

Romancero

miércoles, 6 de mayo de 2020

La bendita rutina del barco 
(fragmento)
Foto: Daniel López García
                                                          
Nadie en mi país me ha preguntado por los libros que recomendaría ahora, pero sí en Francia y en Grecia […]. 
Me he inclinado por dos obras que traduje hace largo tiempo y que me “confinaron” del modo descrito. Una es una de las mejores de Joseph Conrad —lo cual es como decir de la historia de la literatura— y no es una novela, sino sus recuerdos y reflexiones sobre la vida marinera que llevó antes de atreverse a empuñar la pluma. El espejo del mar, de 1906, lo paladean enormemente los aficionados a navegar, pero creo que también cualquiera que jamás haya zarpado en una embarcación. Y encierra enseñanzas sobre cómo sobrellevar los prolongados encierros en los veleros decimonónicos: los marinos sí que son gente acostumbrada a no moverse de un único espacio al que acechan peligros y adversidades.
El confinamiento me pilló lejos de mi biblioteca y de ese volumen, así que a franceses y griegos fui incapaz de brindarles una cita literal. Recurrí a la memoria y les ofrecí una reelaboración: “Lo que salva al marino cuando se embarca”, parafraseé, “y sabe que no retornará al puerto de partida durante un año o dos, es la rutina, la bendita rutina. Al cabo de unos días de desconcierto y oscuridad del ánimo, el marino sabe lo que le toca hacer cada jornada, aunque sea siempre igual, y lo hace como si eso fuera lo más importante del mundo o lo único, y tener esa tarea por delante lo salva de la soledad, el encierro, los pensamientos sombríos y la desesperación que intermitentemente lo volverá a asaltar”
Más tarde he buscado en internet, y he dado con unos párrafos de mi traducción que no sé si son otros que el que yo reelaboré. Dice Conrad en ese texto: “Algunos capitanes de barco marcan su partida de la costa nativa contristados, con un espíritu de pesar y descontento. Tienen mujer, tal vez hijos, alguna querencia en todo caso, o quizá solamente algún vicio predilecto que debe dejarse atrás durante un año o más … La rutina del barco es una medicina excelente para los corazones dolidos y también para las cabezas doloridas; yo la he visto calmar a los espíritus más turbulentos. Hay salud en ella, y paz, y satisfacción por la ronda cumplida, porque cada día de la vida del barco parece cerrar un círculo dentro de la inmensa esfera del horizonte marino. La majestuosa monotonía del mar le presta su similitud y con ella una cierta dignidad … En ningún sitio se sumergen en el pasado los días, las semanas y los meses más rápidamente que en el mar. Parecen quedar atrás con tanta facilidad como las ligeras burbujas de aire en los remolinos de la estela del barco, y desaparecer en un gran silencio por el que el navío avanza con una especie de efecto mágico.
Muchos no tienen hoy tareas con las que engañar al tiempo, pero siempre se pueden inventar, las que sean, y aplicarse a ellas como si fueran lo más importante del mundo, o lo único que cabe en él, confiando en que la mayoría volveremos al puerto de partida, alguna vez.

JAVIER MARÍAS, 26 de abril de 2020.

martes, 5 de mayo de 2020

Recomendación "en verde"

La edad de la ira
NANDO LÓPEZ
A partir del drama desencadenado por Marcos, un chaval de dieciséis años, que hace correr ríos de tinta en todos los medios, un periodista inicia una investigación en el instituto donde estudiaba el chico. A través de los testimonios de profesores y compañeros, el lector irá descubriendo las razones de la aparente locura de Marcos.
Impactante, con afán polémico y mucha inteligencia, Fernando J. López ofrece una versión veraz y poco complaciente de la vida en las aulas, un mundo con reglas propias y donde los adolescentes pasan buena parte del día, volcando sus ansias de vivir, sus contradicciones y sus frustraciones y donde, sin que los adultos encargados de su educación se den cuenta, estallan conflictos de consecuencias catastróficas.

lunes, 4 de mayo de 2020

Versos sueltos
...Y a tu alcance


ALEGRÍA

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.

Era alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
(Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía).

Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.

Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.

 JOSÉ HIERRO

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