miércoles, 9 de enero de 2019

Recorrido temático a través de poetas de cualquier lugar o época. 
¿Para qué sirve la poesía? 
Por ejemplo para celebrar un verdadero encuentro como hace Lorenzo Oliván

Centro

Tocar tu mano y no sentir el hueso
frío que desde dentro ahora la mueve,
sólo la piel caliente, el roce leve
de una carne hecha espíritu, sin peso;
morder luego tus labios, y en el beso
quitarle al cráneo que hay detrás relieve,
y a la nuca dureza, y que la breve
vida parezca eterna en el proceso.
Cerrarte en un paréntesis de brazos
donde no cabe el mundo, ver que rota
mi ser alrededor de tus caderas,
romper con lo exterior todos los lazos,
y entrar en una realidad ignota,
que es sólo un centro en donde no hay afueras.


                                   LORENZO OLIVÁN

martes, 8 de enero de 2019

Recomendación semanal "en verde"

13 perros
FERNANDO LALANA

El teniente Felipe Manley, del Centro Nacional de Inteligencia, acaba de descubrir que el Meteosat está en peligro. Si nada lo impide, dentro de tan solo cuatro días otro satélite, el Cuencasat, se autodestruirá y dañará irremediablemente el satélite europeo. Ajena a todo esto, Elvira Ballesteros, una maestra en paro que acaba de sacarse el diploma de detective privada se enfrenta, con la ayuda de su hijo Félix, a su primer caso: la desaparición de un galgo persa. Poco sospechan madre e hijo que tras ese encargo aparentemente sencillo se ocultan las claves para resolver un conflicto internacional. ¿Qué descabellada relación podría tener un perro desaparecido con el peligro que acecha al Meteosat? 13 perros es mucho más que una hilarante comedia de detectives, es también un brillante homenaje al cine negro y a las novelas de espías.




lunes, 7 de enero de 2019

Júpiter - Los Planetas - G. Holst

Empezamos el segundo trimestre con toda nuestra energía. "Júpiter" es de la suite  "Los Planetas" que Gustav Holst compuso entre 1914 y 1916, y estrenada en 1918. Júpiter, según la mitología romana,  es el portador de la alegría. 


miércoles, 2 de enero de 2019

Me enamoré de una sirena
         Los cantos se escuchaban desde mi posición, y he de reconocer que hacían que mis oídos quisieran fundirse como si de miel estuvieran compuestos. Al acercarme contemplé la verdadera belleza. No se encuentra en tierra firme, entre montes y valles, ni escondida en un tesoro de oro puro cuyo cofre se enterró. La tenía frente a mis ojos, era una sirena. Su cabello de cordeles de oro rizado parecía no inmutarse con el contacto del agua. Sus labios melosos estaban cubiertos de un color carmesí. Sus ojos eran dos estrellas bajadas del firmamento. Esa era la belleza. Su voz no cesaba de sonar en aquel espacio estrecho entre la roca y el mar. Sentada, acariciaba su cola con verdes escamas que recordaban a la pura esmeralda que podía cualquiera hallar en el cofre más lujoso. 
    Sin percibir que mi cuerpo se movía en su dirección, sus labios llamaban con los ecos de su canto a los míos, que, cansados de la soledad del mar, le concedieron el gusto. Sabían a caramelo. Sus labios sabían a caramelo. Entonces recordé las leyendas de los viejos lobos de mar de la taberna. “Las sirenas son seres que llegan a matar con sólo acariciar tu rostro”, decían. En cambio, yo le permití acariciar todo lo que  a aquella criatura se le antojó acariciar. 
     Lo que me queda de recuerdo después de eso es un leve desmayo que, sin saber cómo, concluyó con mi cuerpo tendido en la arena de la costa más cercana al pueblucho donde vivía, y una congregación de gente alabando a Dios por mi salvación. ¿Salvación? Yo creo que no. No si no puedo palpar de nuevo su cintura. No si no contemplo de nuevo sus ojos. No si sus labios han quedado vetados para siempre a mi capricho. Lo llamaron salvación porque, para ellos, respirar es sinónimo de vivir. Pero mis pupilas se atreven a diferir en cuanto a esa visión: para mi vivir no es respirar, es actuar sin miedo a perder esa respiración. Y yo puedo contar la historia de un beso de sirena porque el miedo a morir no me impidió sucumbir a sus encantos. De hecho, lejos de renunciar a ese placer, vuelvo a sentir la necesidad de la magia del momento. 
     Mi barco siempre seguirá mis paseos por el mar, y si sólo yo navego, nadie me privará del placer de unos labios sobrehumanos, de un tacto de terciopelo gélido a la vez que cálido, de unos ojos únicos en el mundo. Me enamoré de una sirena y quise salir a navegar, encontrarla y perder mi último aliento por amor. 
    Y así, camino hacia el lugar de los hechos, pienso las palabras que articularé. “Yo te vi, te palpé, te besé. ¿Recuerdas mi voz? Me senté en la orilla de la cala para admirar tu belleza. Me enamoré.” Esperaré la respuesta el tiempo que haga falta. Por amor, bastante tiempo puede convertirse en un suspiro. Además, en un mar lleno de sirenas debe ser precioso agotar el oxígeno de tus pulmones en el acto del último expirar.
                                                                             
                                                                         Ana Arco Garciolo

martes, 1 de enero de 2019

MOON

Moon era una chica que había nacido con falta de pigmento en la piel y una especie de alergia al sol. Es decir, era albina y sufría xerodermia pigmentosa. Su piel era completamente blanca, su pelo, de un rubio muy claro y sus ojos, de un tono celeste pálido. El único momento en el que podía salir de casa era por la noche. Vivía en la noche. Y esta es su historia.
Moon solía sentarse en aquel banco todas las noches sobre esa hora. Le gustaba ver cómo la misma gente pasaba por el mismo lugar un día tras otro. Conocía sus rostros a la perfección. El primero en pasar era un sacerdote de cara alargada, calvo y con bigote. Era bastante amable y simpático, pues siempre saludaba a la chica. La que cerraba la noche era una mujer mayor, de rostro redondo y pelo canoso, cuya principal misión era alimentar a los pequeños gatitos del parque. 
Una noche, una chica cuya piel y pelo eran tan oscuros que podía ser la misma noche en persona, se sentó junto a Moon sin mediar palabra alguna. Pasaron semanas y la chica entabló una interesante conversación con Moon, que comenzó con una breve presentación por parte de ambas. Con el paso del tiempo, acabaron convirtiéndose en íntimas amigas. A Moon, sus padres le enseñaron a no mostrar sus sentimientos ni opinar, pero Nag (su nueva amiga) le ayudó a hacerlo. Nag le enseñó a expresarse, a descubrir sus hobbies, a conocer lo que era la amistad. Le enseñó que nunca estaría sola, que ahí estarían siempre las estrellas haciendo compañía, hasta en las noches más cerradas. E incluso le enseñó a amar. Lo hizo todo tan bien que Moon acabó enamorada hasta las trancas de ella. 
Moon pensó en declararse. A hacerlo tal y como había visto mil veces en las comedias románticas que más de una vez habían emitido en la televisión. Y realizó lo que quería. No sé si fue la suerte o el destino, pero Nag sentía exactamente lo mismo por la chica. Tras dejar claras sus emociones, las dos chicas, cogidas de la mano, se levantaron del banco y salieron del parque. 
Entonces, se hizo de día.

                                                                   Cris Brenes

Aviso legal

Nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo docente.